Incertidumbre en la orilla de
un océano que sonríe con
desden a mi frágil humanidad.
Pequeñas huellas de grandes hombres
que sufren, que un inexorable mar
borrará con acierto y naturalidad.
Tibio brillo de luna,
solemne y solitario para un
alma desesperanzada.
Tristeza y desasosiego,
y de tu mano sólo ásperas
caricias de dulzura.
El ocaso es inminente
pero una luz ha cegado
mis ojos tiesos.
Es fascinante que luego
de gatillar, el sol
permanezca inmutable.
Y en la lejanía miradas
de desencanto y sollozos
interminables, casi gritos.
Ahora soy yo quien sonríe,
mientras ella se desangra
en estúpidas justificaciones.
martes, 7 de agosto de 2007
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