viernes, 24 de agosto de 2007

La Provocación (Septiembre 2002)

Mientras la noche se precipita y el insomnio se apodera de mis sensaciones, intento ejecutar la historia de un día.
Al despertar, mis ojos recorren imágenes: contemplo una inequívoca mueca absurda de John Lennon e inevitablemente me sumerjo en la luz de un inspirador Ernesto Guevara. Sigo sin distinguir, tal vez, matices aún más perceptibles.
Sobrevienen, tímidamente, la lucidez y la certeza insoportable (a la manera borgiana) de seguir siendo uno mismo, del inexorable peso de nuestra responsabilidad.
El tiempo inquisidor exige una efectividad que mi serenidad no intenta comprender. Este desentendimiento me arroja a las calles de Buenos Aires, y enfrento con dulzura ese vértigo.
Ya en el subterráneo, me creo inmerso en una aguafuente arltiana: gestos de ambición, seres distantes, quizás escapando, escapándose; gente que se sobrevive, vestigios de miseria, de tristeza. Conversaciones porteñas: hombres y mujeres seduciéndose apelando a lo más profundo de su imaginación, y también todo lo contrario.
Finalmente, ingreso al trabajo. Durante ocho horas desempeño, aceptablemente, el rol de empleado. Y aunque momentáneamente me sofoque la subordinación, es una carga que acepto sin mayores complicaciones.
A medianoche, el fin de mis tareas me devuelve a las calles y estas primeras horas de madrugada acrecientan mi sensibilidad.
Sin bares que alberguen este encanto somnoliento, me encuentro conmigo donde empecé; esta vez frente a un té apaciguador y cautivo de algún relato fantástico.
Acá termina esta historia cotidiana, pero comienza lo que realmente quiero decir.
En una atmósfera indescriptible, una mujer me obsequia una sonrisa. Desprende magia de sus manos y atravieso la ciudad a través de sus ojos.
No me asusta expresarle que sólo me inspira ternura, aunque evito obtener repercusión tras mis torpes palabras.
En el transcurso de un día como todos, como cualquier otro, ella consigue con simpleza que ese día sea especial.
Esta circunstancia hace que te piense, y al mismo tiempo me sonría.

A M.R

No hay comentarios: