Atardecía en Septiembre
y acariciaba en un sueño
una mujer encantada.
Contemplaba, cautivo de
su frágil sonrisa,
el sensible desden
por el tiempo persuasivo
y el espacio perturbador.
Ella hablaba en silencio
pero sus pensamientos
susurraban filosofía.
(Reverberaba el sol
en el ocaso de mis percepciones)
Envuelta en tormenta
también ella me soñaba,
y descansé noches diáfanas
en sus manos de rocío.
Compartimos el vértigo
del universo complejo,
las populosas mañanas
de Buenos Aires,
el turbio entendimiento,
la prolija prosa de Borges,
la gris cadencia
de las canciones,
el intenso perfume
de la piel,
la belleza en
la luz del conocimiento,
la certeza absoluta
de nuestro sueño confuso.
Me despierto soñándote
y la vigilia proyecta
la imagen de tu ausencia.
Tímidamente, cierro los ojos
y suspiro nostalgias,
amándote en el olvido.
martes, 7 de agosto de 2007
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