martes, 7 de agosto de 2007

A Walt Whitman (Agosto 2003)

A través de los turbios vidrios de una ventana, se exhibe la naturaleza en su esplendor: el sol, tímidamente, sonríe en una ciudad que no esboza sonrisas; los gritos emergen desde el asfalto, y arañan un sosiego inexistente, invisible; un pintoresco paisaje de opulentas oficinas invita a la sensata reflexión, en plan introspectivo, a encontrarse con uno mismo (claro que muy lejos de aquí).
Me gusta imaginarme escribiendo con mis manos la palabra PAZ en la arena que bordea un océano encantado. Convivo en paz, pero la atmósfera de mi alrededor es de encantamiento, mi imaginación no es parte de un sueño.
La sensación por las calles es que Buenos Aires se abalanza sobre mí. Yo abro los brazos y la invito a descansar en la quietud de mis manos. La seduzco, y muchas noches nos hacemos el amor evocando versos prohibidos de Oliverio Girondo.
En secreto, ella susurra con lágrimas la ausencia de abrazos, la falta de entendimiento, la errante contemplación de su magia, de sus misterios.
Buenos Aires discurre plácidamente a través de un tiempo convencional, hecho de horas y minutos de ficción. Lejos de la metafísica, el tiempo está modelando a los hombres. El hombre se somete, y es empleado del mes de un tiempo que lo persigue, inquisidor.
El tiempo es infinito. El espacio también lo es. Entonces, estamos en cualquier lugar y en cualquier momento. Abrazo un absoluto desdén a la tiranía de dos agujas elementales y a la geografía de un punto del universo. Me desprendo dulcemente del tiempo persuasivo y del espacio perturbador.
Observo a la tierra y le digo te amo. Amo a los hombres y a las mujeres que la habitan y la sueñan.
Dejaremos de existir, gradualmente, como un lento atardecer de verano, y el amor reside en cada pulsación de tu sangre, agazapado.
Suspiro amor en el viento, y el rocío humedece mis percepciones.
Yo soy la tierra que te ama.


Conozcan a Whitman:http://es.wikipedia.org/wiki/Walt_Whitman

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