miércoles, 5 de septiembre de 2007

Café Literario (Agosto 2000)

Un café tibio y un cigarrillo para el olvido,
tal vez el humo disipe mis pensamientos oscuros.
Disfruto este palidecer aunque esté casi rendido
ante la enajenación de tus inmensos ojos puros.

Ya ni esta rima sincera me sonríe siquiera
y cuando todo se torna gris y desolador
una mirada me apacigua como si supiera
que mis palabras están hoy teñidas de dolor.

Ella está enfrente mío y permanece inmutable.
No comprendo por qué ha conseguido inhibirme.
Esta maldita ansiedad me ha vuelto vulnerable
y otra vez, sin quererlo, han vuelto a seducirme.

Ciertamente no hubo tal mirada,
aunque tampoco puedo afirmar que sólo la he imaginado.
¿Acaso la imaginación no es cierta?

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